Pero
¿Es posible que estés ahí?
En ese caliz cerrado
atrapado por el oro
expuesto a las miradas
de los hombres.
Me niego a verte ahí.
Y, sin embargo, ¿qué es
esa emoción que siento al contemplarlo?
Aún así mi mente niega.
A mi espalda va llegando
la gente para adorarte;
la Iglesia ya no está fría
ni sola.
¡Ah! Ya lo entiendo,
ahora sé que estás ahí.
27-III-97
(Vitoria)
jueves, 27 de marzo de 1997
domingo, 26 de enero de 1997
Abstracción
La imagen de mis piernas
en el escaparate al caminar.
Mi caminar.
Yo estoy.
Movimiento.
Mi propio movimiento.
Me muevo
y los otros igual.
Su movimiento
Su propio movimiento.
Estoy.
Pero veo
amo
pienso
padezco
opino
vivo
compadezco
y siento
siento
siento.
Yo soy
29-I-97
en el escaparate al caminar.
Mi caminar.
Yo estoy.
Movimiento.
Mi propio movimiento.
Me muevo
y los otros igual.
Su movimiento
Su propio movimiento.
Estoy.
Pero veo
amo
pienso
padezco
opino
vivo
compadezco
y siento
siento
siento.
Yo soy
29-I-97
miércoles, 29 de mayo de 1996
Anita de campanillas
A Ana, por supuesto.
Eres como una campanilla
de esas que suenan
en una suave tarde estival
de niño en la casona de la abuela.
Eres esa campanilla
pizpireta, risueña
como una margarita
que lanza su sonido al aire
y es como escuchar una risa.
Eras Anita cuando te conocimos,
¡Anita de campanillas!
y sigues siendo Anita para todos
en esta amistad a distancia,
de vernos de vez en cuando,
de cenas y nostalgias,
empapadas de un cariño
que corre como savia
debajo de las palabras
y de los silencios sin palabras.
Y ahora, Anita, resulta
que te nos casas.
Qué mayor te has hecho
¡Si hasta habrá que llamarte Ana!
¡Qué alegría verte feliz y casada!
El júbilo me embarga
pero me siento como un abuelo
al que su nieta más querida
se le casa.
Déjame que me
refugie en la nostalgia.
Nostalgia de un verano
hace seis años,
de unas tierras extrañas,
de nosotros seis,
camaradas,
infatigables viajeros,
-el Big Ben nos llamaban-
conociéndonos a nosotros
y a las cosas en las calles
de un Londres entrañable.
¡Fui tan feliz aquel verano!
En ese tiempo que es
ya para siempre nuestro,
pero que nunca volverá.
Y siento alegría y pena,
la alegría de lo vivido,
la pena de lo que ha pasado.
Nunca os hablé del cariño,
nunca os di las gracias
porque fuisteis vosotros
los que hicisteis de aquel verano,
de aquella ciudad,
ese sol que alumbra en mi memoria.
Y tú, Ana, eres un poco nuestra,
como yo lo soy de todos,
y Luis y Olga y Félix y Natalia.
Ahora te nos alejas un poco,
te vemos volar Anita
y aquel verano
se nos aleja cada vez más.
Siento un nudo
de alegría en el estómago.
¡Que te nos casas, Ana!
¡Que te nos casas!
¡Quién lo diría!
Brindemos por tu felicidad
que es también nuestra alegría.
¿Quién sabe!
Igual algún día
te vemos, Ana,
llevando de la mano
a tus pequeñas campanillas.
Eres como una campanilla
de esas que suenan
en una suave tarde estival
de niño en la casona de la abuela.
Eres esa campanilla
pizpireta, risueña
como una margarita
que lanza su sonido al aire
y es como escuchar una risa.
Eras Anita cuando te conocimos,
¡Anita de campanillas!
y sigues siendo Anita para todos
en esta amistad a distancia,
de vernos de vez en cuando,
de cenas y nostalgias,
empapadas de un cariño
que corre como savia
debajo de las palabras
y de los silencios sin palabras.
Y ahora, Anita, resulta
que te nos casas.
Qué mayor te has hecho
¡Si hasta habrá que llamarte Ana!
¡Qué alegría verte feliz y casada!
El júbilo me embarga
pero me siento como un abuelo
al que su nieta más querida
se le casa.
Déjame que me
refugie en la nostalgia.
Nostalgia de un verano
hace seis años,
de unas tierras extrañas,
de nosotros seis,
camaradas,
infatigables viajeros,
-el Big Ben nos llamaban-
conociéndonos a nosotros
y a las cosas en las calles
de un Londres entrañable.
¡Fui tan feliz aquel verano!
En ese tiempo que es
ya para siempre nuestro,
pero que nunca volverá.
Y siento alegría y pena,
la alegría de lo vivido,
la pena de lo que ha pasado.
Nunca os hablé del cariño,
nunca os di las gracias
porque fuisteis vosotros
los que hicisteis de aquel verano,
de aquella ciudad,
ese sol que alumbra en mi memoria.
Y tú, Ana, eres un poco nuestra,
como yo lo soy de todos,
y Luis y Olga y Félix y Natalia.
Ahora te nos alejas un poco,
te vemos volar Anita
y aquel verano
se nos aleja cada vez más.
Siento un nudo
de alegría en el estómago.
¡Que te nos casas, Ana!
¡Que te nos casas!
¡Quién lo diría!
Brindemos por tu felicidad
que es también nuestra alegría.
¿Quién sabe!
Igual algún día
te vemos, Ana,
llevando de la mano
a tus pequeñas campanillas.
sábado, 27 de abril de 1996
Modernidad
En el tren.
Adelantamos a una cigüeña
que volaba sobre nosotros
en el cielo.
Es natural
ella vive todavía
apegada a la tierra.
27-IV-96
Adelantamos a una cigüeña
que volaba sobre nosotros
en el cielo.
Es natural
ella vive todavía
apegada a la tierra.
27-IV-96
domingo, 21 de agosto de 1994
A Luis Querbes en su 201 cumpleaños
Una lápida.
Sólo una lápida a la sombra de una cruz desnuda.
En un pueblo.
Cualquier pueblo.
Apenas unas pobres palabras dicen quién fuiste y qué hiciste.
Una inscripción desgastada.
Sin alardes.
La larga sombra de una cruz de piedra
toca cada mañana tu lápida miserable.
Ni tan siquiera un ciprés.
Una cruz, como entonces.
Tú así lo quisiste.
Un hombre.
Sólo un hombre.
Tocado por el dedo de Dios
fuiste su mano.
Piedra basal.
Sueño hecho vida.
Levantaste una casa de hombres que aún permanece.
Hace tanto tiempo.
Luis soñador, manos de piedra.
No cejaste y tu vida
fue un dechado de entrega.
Una lápida.
Una piedra.
Una vida hecha poema.
Sólo una lápida a la sombra de una cruz desnuda.
En un pueblo.
Cualquier pueblo.
Apenas unas pobres palabras dicen quién fuiste y qué hiciste.
Una inscripción desgastada.
Sin alardes.
La larga sombra de una cruz de piedra
toca cada mañana tu lápida miserable.
Ni tan siquiera un ciprés.
Una cruz, como entonces.
Tú así lo quisiste.
Un hombre.
Sólo un hombre.
Tocado por el dedo de Dios
fuiste su mano.
Piedra basal.
Sueño hecho vida.
Levantaste una casa de hombres que aún permanece.
Hace tanto tiempo.
Luis soñador, manos de piedra.
No cejaste y tu vida
fue un dechado de entrega.
Una lápida.
Una piedra.
Una vida hecha poema.
miércoles, 1 de diciembre de 1993
Ni Tú ni yo
Tú y yo.
Frente a frente,
por todo lugar,
por todo tiempo.
Bailamos la danza del cuclillo,
un pasito adelante
y otros dos atrás
hacia Tu Mano extendida
que no me atrevo a aceptar.
Y así, paso a paso,
ligero, inconsistente,
amago acercarme a Ti
para luego quebrarte y pasar a tu lado.
A pesar de todo Tú me acercas
la mano extendida que siempre anhelo.
Ni Tú, ni yo.
Generalmente ni Tú
y, a veces, ni tan siquiera yo.
Frente a frente,
por todo lugar,
por todo tiempo.
Bailamos la danza del cuclillo,
un pasito adelante
y otros dos atrás
hacia Tu Mano extendida
que no me atrevo a aceptar.
Y así, paso a paso,
ligero, inconsistente,
amago acercarme a Ti
para luego quebrarte y pasar a tu lado.
A pesar de todo Tú me acercas
la mano extendida que siempre anhelo.
Ni Tú, ni yo.
Generalmente ni Tú
y, a veces, ni tan siquiera yo.
jueves, 21 de octubre de 1993
Mil miedos
Mil miedos mil estacas
Clavadas en la ladera
en el acceso a mi montaña
en cuya cumbre se hayan
mis anhelos y mis deseos.
Mil miedos mil vallas
Que oscurecen el camino,
y hay que superarlas
en una carrera sin tiempo,
en una prueba sin final
y sin retorno, olvidada la meta,
ocupados sólo en saltar
valla tras valla.
Mil miedos mil fuegos
Que me consumen por dentro
uno tras otro, al mismo tiempo;
voy gastando mi fuerza
hasta que ya no me quede más
que el silencio vacío de la nada.
Mil miedos mil cielos.
Si tras cada batalla
levantar mi cabeza pudiera
para mirar a la cumbre;
respirar hondo dos veces
y emprender el camino
con energía renovada.
Mas ¡ay! no siempre las cosas
suceden como yo deseara
y hay veces que ellos
me pueden y me encojo abatido
temblando ante la próxima jornada.
Mil miedos mil sueños.
21-X-93
Clavadas en la ladera
en el acceso a mi montaña
en cuya cumbre se hayan
mis anhelos y mis deseos.
Mil miedos mil vallas
Que oscurecen el camino,
y hay que superarlas
en una carrera sin tiempo,
en una prueba sin final
y sin retorno, olvidada la meta,
ocupados sólo en saltar
valla tras valla.
Mil miedos mil fuegos
Que me consumen por dentro
uno tras otro, al mismo tiempo;
voy gastando mi fuerza
hasta que ya no me quede más
que el silencio vacío de la nada.
Mil miedos mil cielos.
Si tras cada batalla
levantar mi cabeza pudiera
para mirar a la cumbre;
respirar hondo dos veces
y emprender el camino
con energía renovada.
Mas ¡ay! no siempre las cosas
suceden como yo deseara
y hay veces que ellos
me pueden y me encojo abatido
temblando ante la próxima jornada.
Mil miedos mil sueños.
21-X-93
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